REFLEXIONES AL UMBRAL DEL 2021


 B A L A N C E   2 0 2 0

La buena noticia es que ya casi se ha acabado este annus horribilis y (todavía) estamos aquí. Muchos, demasiados, se han ido para no volver, y demasiados políticos siguen haciendo el ridículo desautorizando y descalificando las medidas que aconsejan los expertos para controlar la pandemia del SARS CoV2, a pesar de que los epidemiólogos han demostrado que sus estrategias funcionan, pero lo si se aplican, claro: ¿sorprendente, no? Los especialistas en ganar elecciones harían bien en tomar nota de lo que le acaba de ocurrir a uno de sus maestros: su pésima gestión de la pandemia, combinada con la violencia racial y policial que promovió (con otros factores, como la simpatía y buenos modales que logró proyectar, por contraste, el candidato demócrata), le ha costado las elecciones a Donald Trump y les ha valido ser contratados por Joe Biden a los doctores Anthony Fauci y Michael Osterholm, a quienes despidió por advertirle que una gestión demagógica e irresponsable de la crisis iba a costar muchas vidas. Tenían razón: el nuevo virus ha matado ya cinco veces más estadounidenses en menos de un año (275,000) que la Guerra de Vietnam (1955 -1975) en dos décadas (47,500). En Europa, a día de ayer, teníamos 344,000 muertos; los cuatro países más afectados son el Reino Unido (60,617), Italia (58,852), Francia (54, 767) y España (46,252). (FUENTE: Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades https://www.ecdc.europa.eu/en). Felizmente, comenzamos a tener, además de noticias buenas, malas, falsas (fake) y ciertas, buenas razones para ser, con cautela, optimistas. Las vacunas se han desarrollado mucho más rápido de lo esperado. Aunque probablemente no actuarán a velocidades que permitan rentabilizar políticamente las vacunaciones a Boris Johnson, Vladimir Putin, et. al., surtirán efecto y eventualmente, en unos lustros, derrotaremos a la pandemia. También superaremos el “crecimiento negativo” antes de la moda de los eufemismos se decía recesión de la economía global; ya hay datos y sabemos que será más violenta que la del 2008. No pasaremos, por arte de magia, a una “nueva normalidad” de cuento de hadas para ser felices y comer perdices. Si tomamos decisiones sensatas habrá una lenta y ardua recuperación que deberíamos aprovechar para sacar algo positivo del sufrimiento y el esfuerzo. El desplome económico hará mucho daño, sobre todo a los más pobres e indefensos, pero también ofrece nuevas oportunidades para corregir los aspectos más absurdos de un sistema de producción y consumo suicida, que está destruyendo el planeta. La necesidad de prevenir el contagio nos ha obligado a fortalecer las redes de abastecimiento locales y a racionalizar los sistemas de transporte de insumos y mercancías. Se está demostrando que la economía global puede (muchos pensamos que debe) funcionar con nuevas prioridades, haciendo primar la salud y el bienestar de las personas y la sostenibilidad del sistema sobre la rentabilidad de las empresas que requiere un ritmo de crecimiento acelerado y nocivo de la producción y el consumo. Se ha normalizado el trabajo a distancia y las modalidades de ocio y esparcimiento virtuales están remplazando las presenciales, lo cual disminuye los desplazamientos y la contaminación. Esos cambios podrían, y deberían, mejorar las vidas los trabajadores, si las empresas no aprovechan la oportunidad para bajar los salarios, ampliar las jornadas laborales y seguir precarizando el empleo. No se trata de ver el vaso medio lleno o medio vacío; está claro que todos, los optimistas, los pesimistas y los neutrales tenemos que poner el hombro. Vienen años duros y hay mucho que hacer para que no sean peores que el horrible 2020 que se va. Disfrutemos de las celebraciones navideñas sin contagios y tengamos un productivo 2021. Abrazos virtuales para tod@s.

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Breves reflexiones al umbral del 2020

Los occidentales modernos establecemos, mecánicamente, diferencias categóricas entre arte, conocimiento, religión – lo estético, lo científico, lo social – y rara vez nos detenemos a pensar que esos fenómenos, realmente, no existen independientes los unos de los otros: los conceptos que usamos para diferenciarlos son parte de nuestra cultura desde hace siglos y nos es difícil cuestionar su contenido de realidad. Cuando seguimos una tradición tendemos a encontrar en ella evolución y progreso, aunque la verdad es que no tiene por qué haber ni lo uno, ni lo otro.

Por supuesto, nadie nos obliga a aceptar ni las ideas ni las ideologías vigentes en nuestras culturas: actualizarlas y mejorarlas es, sin duda, una tarea que todos consideramos loable; tanto, que a menudo nos convencemos de haberla realizado, aunque no sea cierto: es difícil aceptar que, a pesar de habernos fatigado pensando y escribiendo, no hemos aportado nada a la civilización que nos nutre.

Lo cierto es que la idea de la cultura, la tradición y la civilización como patrimonio heredado y de gran valor, donde nuestros egos son piezas indispensables de un universo intelectual en permanente expansión, es absurda; con su camuflaje se generan nociones categóricas nefastas; desde que los atenienses inventaron la fama y la inmortalidad de psiqué o del alma todos aspiramos a ascender al Olimpo con los inmortales, si no físicamente, al menos virtualmente, con el pensamiento.

En su faceta positiva, nuestras ansias de inmortalidad nos motivan a asumir el legado intelectual de las generaciones anteriores, sumar conocimientos y desarrollar técnicas de supervivencia cada vez más eficaces. Lamentablemente, utilizamos ese maravilloso acopio de ciencia y tecnología para subyugar y explotar a los más débiles e indefensos y para degradar y destruir la Tierra.

Aplicar los valores positivos elaborados por nuestra cultura a través de miles de años de reflexión y experimentación – por ejemplo, en política, hemos inventado la libertad individual, el altruismo, la solidaridad – es nuestra tarea pendiente.

Como organismos biológicos parecería que, al fin, estamos comenzando a comprender que no podemos destruir nuestro entorno natural sin aniquilarnos. Nuestras artes y ciencias han (de)mostrado su capacidad para hacer más auténtica y profunda nuestra percepción del mundo; (nos) falta demostrar que somos capaces de modificarlo en sentido positivo, para hacerlo más habitable y humano.

A partir de las mismas teorías y textos, los necios inventan autoridades inapelables y desarrollan métodos más eficaces de matar; los sensatos deberíamos utilizar la razón y la imaginación para hacer mejor la existencia de todos los seres vivos de nuestro planeta.

La ética global del nuevo milenio, a pesar de la rimbombante y confusa retórica política que la acompaña, sigue siendo (relativamente) simple: prevalece la ley del más fuerte, pero ya nadie recurre a argumentos, como lo hicieron los revolucionarios burgueses del siglo XVIII. Nos gobiernan, recibiendo instrucciones de las mismas corporaciones que determinaron la economía política del siglo XX, políticos especializados en ganar elecciones, blandiendo eslóganes y frases banales y haciendo promesas que incumplen cuando llegan al poder.

Cuando hay problemas reales y urgentes – por ejemplo, los efectos sobre el clima y los recursos naturales del planeta de modos de producción y consumo suicidas – pero solucionarlos implica cambiar las estructuras de poder y producción existentes, la voluntad política y el compromiso con el cambio tienden a desaparecer, como por arte de magia.

Se nos pide que creamos, como si tuviésemos la inteligencia de una ameba, que es lo mismo contribuir un voto que millones de euros a campañas electorales, y que nuestros líderes magníficos velarán abnegadamente por nuestros intereses y derechos a pesar de deberles fortunas a los ricos y poderosos; es extraño que nos extrañemos de que los profesionales de la política sirvan los intereses de quienes financian sus campañas y avalan sus proyectos.

Los entusiastas demócratas y constitucionalistas de la última hora harían bien en recordar que en las repúblicas donde los gobiernos se eligen y constituyen por votación desde hace siglos, las elecciones las suelen ganar los abstencionistas: significativo indicador del entusiasmo que despierta en la ciudadanía la elección de gobernantes que saben son sirvientes fieles del poder.

Sin embargo, la democracia es hoy un santo grial ideológico que no admite explicaciones, adjetivos ni dudas: ingrediente indispensable de cualquier teoría política que quiera ser viable. Quienes la criticamos o manifestamos dudas somos anti-sistemas o terroristas; poco nos sirve recordar que son demócratas – o lo fueron, a su manera – los mayores déspotas y asesinos de la Historia.

Adolfo Hitler (1889 -1945) ganó las elecciones generales en Alemania en 1933 y fue el representante legítimo de una mayoría nacional que creía en su solución final: la raza aria superior guiada por el caudillo dominaría el mundo, exterminaría a los indeseables e impondría lo que entendía por socialismo; José Stalin (1878 – 1953), como otros autodenominados demócratas populares socialistas rusos gobernó y cometió genocidios sintiéndose demócrata; estaba convencido de ser el legítimo representante a una clase obrera mayoritaria (bolchevique, mayoritaria en ruso) y el mayor enemigo de la malévola democracia burguesa que la había oprimido y explotado.

La verdad es que las mayorías reales del planeta, hoy, son menores desprotegidos, abstencionistas, escépticos e ilegales. Ninguna vota, por diversas razones: unos no tienen derecho a hacerlo, otros no creen en el sistema, otros no detentan credenciales para certificar que poseen la nacionalidad correcta; esas gravísimas faltas justifican que se les niegen derechos humanos fundamentales y se les trate como carne de cañón.

No profesar una fe inquebrantable en un sistema donde el ganador de los comicios puede, democráticamente, exterminar etnias, indultar sanguinarios narcotraficantes o usar su poder para obligar a gobiernos de países menos poderosos a servir sus intereses personales — ninguno de los ejemplos anteriores es hipotético — condena a quien se permite esa herejía a la hoguera del ostracismo político. Los simplistas demócratas del nuevo milenio conjugan de modos aberrantes un concepto político que debería implicar, para los gobernantes, la obligación de administrar con sensatez los recursos públicos y garantizar los mismos derechos a todos los gobernados y, para los electores, un compromiso auténtico con el bien común.

A la derecha del espectro político han vuelto a obtener carta de ciudadanía nociones medievales de nación, autonomía estatal y superioridad étnica, precisamente cuando abolir los estados nacionales y optar por modos de producción solidarios, ecológicos y sostenibles sería, manifiestamente, la única vía de desarrollo capaz de impedir que llevemos nuestro ecosistema a una catástrofe. La izquierda, por su parte, parece limitarse a reclamar que se fortalezcan y perfeccionen los estados que fundaron los revolucionarios burgueses que abolieron la monarquía absoluta, convencida de que así evitaremos que aumenten las desigualdades y se sigan destruyendo ecosistemas. El problema es que las desigualdades siguen aumentando y que nos seguimos acercando al punto crítico de no retorno que implicará la destrucción de la mayor parte de la vida existente en el planeta. Los estados no nos salvarán de la extinción: han sido, históricamente, parte del problema, no de la solución.

La principal diferencia entre los políticos de hoy, los príncipes medievales y los burgueses revolucionarios que los precedieron, es que los futuros reyes de naciones en proceso de consolidación y los fundadores de las repúblicas burguesas tenían proyectos viables; hoy, ni la izquierda ni la derecha parecen tenerlos, pero nos quieren vender la idea de que las corporaciones y administraciones públicas y privadas que viven de tener a su disposición trabajadores que no tienen más remedio que rogarles que los hagan trabajar por salarios miserables, acostumbradas a abusar de los recursos naturales del planeta sin pagar su coste real (sin contablizar lo que costará limpiar la basura tóxica que generan), comenzarán, espontáneamente, a respetar los recursos naturales y a pensar en el bienestar de todos. En realidad, nuestras clases políticas están confirmando, en la práctica, la teoría política de Aristóteles, quien sostenía que tiranía, oligarquía y democracia son sistemas erróneos que tienden naturalmente a mezclarse. Atreverse a constatar que, históricamente, los cambios sociales los han impulsado minorías denostadas, es anatema.

Al menos a juzgar por lo que estamos viendo estos días en Madrid, es posible que quienes logren hacer que entren en razón a nuestros líderes sean adolescentes, que ni squiera tienen derecho a votar. Si entender cómo se libera la energía que contienen las partículas elementales hace posible, por primera vez en la Historia, que destruyamos el planeta, y haber descifrado el código genético que permite reproducirse a los organismos vivos nos permite clonarlos, es pensable, además de posible y deseable, que nuestros conocimientos de psicología, política, economía y ecología logren poner freno a las tendencias suicidas de homo sapiens, impidiendo que acabe con la vida en la Tierra. Esto parecen verlo más claro, últimamente, algunos estudiantes de secundaria que los adultos que gobiernan el planeta. Mientras quienes administran el sistema económico y político mundial sigan demostrando que son incapaces de resolver nuestros problemas más graves serán, probablemente, las ideas de Mohandas Karamchand Ghandi las que demuestren que la violencia, el abuso y el egoísmo no pueden derrotar a la razón, la justicia y la verdad.

La ideología de la desobediencia civil, basada en valores tradicionales indoeuropeos como la adhesión a la verdad (satyagraha, सत्याग्रह) y la no-violencia (ahiṃsā, अहिंसा) ya liquidó, a mediados del siglo pasado, al Imperio Británico; esperemos que durante este siglo logre terminar con el capitalismo suicida post-industrial.

Madrid, diciembre de 2019.

 

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