POLÍTICA INTERNACIONAL


Política internacional, siglo XXI

LA NUEVA POLÍTICA

Desde que los atenienses inventaron el Olimpo y le dieron un cuerpo imaginario a Psiqué, todos nos sentimos capaces de gobernar la ciudad – el sentido original de hacer “política” – con o sin ayuda de los inmortales. En su faceta positiva, esta inmodestia y nuestras ansias de inmortalidad nos motivan para asumir el legado intelectual de las generaciones anteriores. Hemos avanzado, sumando conocimientos, acopiando logros estéticos, desarrollando tecnologías cada vez más sofisticadas y eficaces; en política hemos inventado la libertad, el compromiso, el altruismo; lamentablemente, lo mejor de nuestra ciencia y técnica se utiliza para subyugar a los débiles y explotar la Tierra – hasta el punto de poner en peligro nuestra supervivencia.

Los necios han desarrollado métodos de producción cada vez más eficientes y las brutales herramientas de control necesarias para imponerlos; los sensatos deberíamos luchar por sistemas económicos y políticos justos, que nos permitan a tod@s vivir sin destruir el planeta. La tarea pendiente es hacer mejores, no solamente más largas y cómodas, nuestras vidas y más humanas, solidarias y amables nuestras ciudades.

Desde que Fernão de Magallanes y Juan Sebastián Elcano navegaron alrededor de la Tierra, hace cinco siglos, nuestra cultura es cada vez más planetaria; la palabra de moda es “global.” La expansión de la mal denominada cultura “occidental” (en realidad, cultura moderna europea, heredera de la clásica greco-romana) comenzó, probablemente, con el navegante y comerciante veneciano Marco Polo, en el siglo XIII1 y ha tenido consecuencias nefastas. En un primer momento, los imperios modernos exploraron, conquistaron y colonizaron el planeta entero.

Las corporaciones multinacionales, surgidas durante el período de expansión del comercio y la industria capitalistas, entre los siglos XV y XX, comenzaron a extraer materias primas de zonas colonizadas y a fabricar en sus países de origen, que se convirtieron pronto en las regiones tecnológicamente más avanzadas del planeta; en esos centros urbanos se perfeccionaron los medios necesarios para administrar negocios internacionales.

Tras cortinas de humo retórico ( “ciudadanía corporativa”, “comercio justo”, “cooperación internacional” ) las empresas multinacionales no han cambiado mucho en los últimos doscientos años: depredan, degradan y corrompen, con codicia insaciable, los lugares más recónditos de nuestro convulso planeta. A mediados del siglo XX la economía mundial (ya) estaba, efectivamente, integrada; en otras palabras, los estados, ejércitos, instituciones financieras y corporaciones industriales que administran la economía mundial eran capaces de operar en (casi) cualquier lugar del mundo con la misma facilidad que en sus sedes.

En lugar de democratizar el mundo, la nueva unidad, inicialmente bi-polar, lo alineó al terminar la Segunda Guerra Mundial (1939 -1945) en torno a dos superpotencias económicas y militares: la URSS y los EEUU.

La obligación de optar entre dos modelos de opresión produjo una simplificación de la cultura política y la aceptación generalizada de abusos de poder a escala planetaria; la lógica bi-polar de las potencias obligaba a escoger entre el “capitalismo” o el “comunismo” (estilo Roosevelt /Truman o Stalin/Khrushchev); no aceptar ninguna de las dos opciones significaba quedar fuera de juego en política internacional.

(A)MORALIDAD POST-MODERNA

La ética política del siglo XXI, a pesar de la rimbombante retórica que la carcteriza, sigue siendo, como la del siglo XX, (relativamente) simple: prevalece la ley del más fuerte. Con total desprecio por cualquier valor que no se apoye en los más elementales cómputos de tasación monetaria, territorialidad y poder de aniquilación, la moral post-moderna ha simplificado y empobrecido los discursos del poder. Desaparecida la rivalidad entre la URSS y los EEUU, el mundo entero sigue un modelo económico que ha sido descrito como “complejo industrial-militar” .

Los comandantes de la industria y señores de la guerra ya no sienten la necesidad de argumentar para (con)vencer de las bondades de su sistema, como lo hicieron los revolucionarios burgueses del siglo XVIII o los campesinos y proletarios de los siglos XIX y XX. A medida que grupos multinacionales de comunicación dominan técnicas cada vez más sofisticadas de manipulación de impulsos y afectos básicos, hoy se nos vende como información política los trapicheos y aventuras erótico-venales de líderes cada vez más parecidos e intercambiables, sin que importe su sexo, etnia o filiación partidaria: en todo el mundo quienes gobiernan reciben instrucción de las mismas corporaciones industriales y entes financieros supranacionales.

Las fuerzas armadas y cuerpos de policía han “globalizado” la violencia, de modo que los discursos y las técnicas de represión se parecen cada vez más: todos los gobiernos contratan a las mismas agencias de relaciones públicas y compran el mismo armamento. En las zonas conflictivas  hay militares sumisos perfectamente equipados y dispuestos a defender el sistema político y económico global por la fuerza, sin importar el costo en vidas humanas; usan sofisticadas estrategias de comunicación les permiten seguir siendo considerados políticamente correctos y defensores de la “civilización” mientras masacran civiles y refugiados con nuestra ayuda, siempre y cuando sus operaciones militares se mantengan en la periferia.

EL CIRCO EN LA ALDEA GLOBAL

Marshall McLuhan advertía, hace más de cincuenta años, que los medios de comunicación modernos habían invertido la jerarquía histórica clásica entre el contenido (mensaje, fondo) y el continente (medio, forma), donde el fondo es más importante que la forma: actualmente el medio es el mensaje… y el masaje (al ego). Los medios que McLuhan denominaba “calientes”, (la televisión o el internet, que privilegian la estética del instante y la intensidad, en contraste con los clásicos o “fríos”, como la escritura y el dibujo, que privilegian la extensión y la profundidad) podrían servir para democratizar realmente el acceso a la información.

Lamentablemente, se ha impuesto un mínimo común denominador lingüístico y cultural deplorable para acceder a públicos cada vez más vastos. Los medios rechazan de modo sistemático cualquier argumento que no apele a apetitos primarios, conceptos trillados y una lógica elemental. La estrategia consiste en sustituir por imágenes espectaculares cualquier narrativa crítica. Por supuesto, hay voces críticas.

Much@s pensamos que la política, que debería ser el arte de (con)vivir, se ha convertido en un espectáculo de pésima calidad. Como hace 20 siglos, nuestras voces se oyen con dificultad. Juvenal ya denunciaba, dos mil años antes que Guy Debord, que “[el pueblo] a pesar de ser antes él quien distribuía los haces, los mandos militares, todo, hoy deja hacer, y sólo desea ansiosamente dos cosas, el pan y los juegos del circo”.

Nuestros circos son hoy planetarios. Los avances en telecomunicaciones nos muestran, en el momento en que realizan sus proezas, a deportistas de élite pateando balones y pilotos conduciendo monoplazas a velocidades de vértigo, en cualquier lugar del planeta, en tiempo real. Los aurigas y pelotaris comparten audiencias multimillonarias con paisajes y animales exóticos, dibujos animados infantiles, “reality shows” pseudo-eróticos para adolescentes impotentes y programas del corazón para personas seniles de todas las edades, mientras los noticieros difunden imágenes apenas tolerables de violencia económica y militar, ensambladas en narrativas inconexas, que dejan al espectador aliviado de estar en un lugar donde esos horrores no ocurren.

En el paraíso terrenal del consumo irresponsable y la alienación voluntaria las operaciones políticas se sustentan con discursos que invocan mayorías imaginarias (aritméticas y simples) aturdidas por la propaganda, para demostrar que estamos de acuerdo; tenemos los gobiernos que queremos o, al menos, los que (nos) merecemos. Los programas de debate y análisis sirven para que profesionales del espectáculo “moderen” discusiones sobre temas manipulados con guiones y argumentarios confusos y terminen demostrando que, si bien todas las opiniones tienen cabida, la política es “complicada”; felizmente, existen “expert@s” dispuest@s a pensar por nosotr@s.

EL NUEVO PAISAJE POLÍTICO 

Las pantallas hipnóticas de la televisión y de los ordenadores han substituido a las hogueras que congregaban al hombre de las cavernas. Lo (re)tratan y (re)presentan todo con la misma alegre e ingenua naturalidad – y menor carga estética – que la pintura rupestre del paleolítico. Los líderes aparecen en “spots” de pocos minutos, siempre dispuestos a tomar medidas radicales para salvarnos de peligros y amenazas gravísimas, aplicando fórmulas simples y expeditivas a resolver problemas tremendos.

No se necesita tener una memoria excepcional para darse cuenta que sus diagnósticos cambian con exasperante facilidad y que las alarmas se intensifican, casualmente, cuando hay consultas populares. Todo vale para conseguir votos. Si los problemas son reales – por ejemplo, los efectos sobre el clima y los recursos naturales de modos de producción y consumo insostenibles – pero solucionarlos implica cambiar las estructuras de poder, los compromisos desaparecen de la agenda, como por arte de magia, al día siguiente de las elecciones: las cosas de palacio, despacio; el cambio siempre puede esperar y los balances financieros se presentan a los accionistas cada tres meses: ganar dinero siempre es urgente. Como si tuviésemos la inteligencia de una ameba, se nos quiere convencer que valen lo mismo nuestros votos que las donaciones multimillonarias que hacen los capitalistas a sus campañas electorales.

No profesar fe incondicional en un sistema donde el ganador de los comicios puede decidir exterminar etnias (el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, en 1932) o indultar sangrientos narcotraficantes y genocidas  condena a quien manifiesta cualquier duda a la categoría de “anti-sistema”, denominación post-moderna del “maligno” que perseguían Tomás de Torquemada y sus secuaces en este mismísimo católico Reino de España durante el siglo XV. 

La democracia es una idea, un proyecto y un proceso, no un arma para hacer demagogia y celebrar autos de fe. Disfrazada de demócrata, la extrema derecha vuelve hoy a manejar nociones de “nación” y “progreso” que les hubieran parecido retrógradas a los liberales progresistas de los siglos XIX y XX. En cuanto a nuestros derechos laborales, vuelve a ser revolucionario reclamar, como los mártires de Chicago en 1886, jornadas de 8 horas y salarios que permitan a los trabajadores (sobre)vivir; exigir derechos sociales y económicos básicos como educación y sanidad universales y gratuitas vuelve a ser subversivo.

En el este de Europa, al colapsar el socialismo real soviético (que en realidad fue capitalismo estatal) los demócratas antes “populares”, que solían celebrar elecciones en las que solamente había un candidato, se (re)convirtieron rápidamente; fueron empresarios el tiempo necesario para blanquear el dinero que les deparó ejercer la dictadura en nombre del proletariado durante medio siglo y luego se convirtieron en políticos y propietarios de las corporaciones que se vendieron a sí mismos, a precio de saldo, cuando se disolvió el Consejo de Ayuda Mutua Económica Soviética (CAME o COMECON).

En China, el Partido Comunista sostiene hoy que el capitalismo es glorioso y perfectamente capaz de convivir con el socialismo; hemos de suponer que, como su nombre lo indica, todavía tiene el proyecto de crear una sociedad comunista… y rogar que lo haga antes de destruir el planeta con su modelo suicida de desarrollo económico.

En España una extrema derecha que dirige al gobierno en funciones ya ha sido clasificada como crimen organizado en algunos tribunales del reino, por saquear las arcas públicas; su programa consiste en garantizar la estabilidad y la rentabilidad del sistema bancario y de las mayores corporaciones del país, a la vez que promueve mejoras en la competitividad de la fuerza laboral (léase abaratar la mano de obra); para entendernos: pretenden seguir robando y malbaratando lo público y legislando para que sigan enriqueciéndose los herederos de quienes medraron bajo la tutela del más longevo de los amigos de Hitler y Mussolini, Francisco Franco.

Estamos (mal) acostumbrados a ver que nuestros representantes se transformen el día mismo que acceden a un cargo público. Aristóteles sostenía que tiranía, oligarquía y democracia son sistemas erróneos, que tienden naturalmente a mezclarse; encontraba que el gobierno de Atenas había sido secuestrado por oligarcas ricos y poderosos que corrompían a los gobernantes para favorecerse: ¡cualquier parecido con las relaciones entre nuestros magnates y políticos no es coincidencia!

Los países poderosos (ya) solamente se enfrentan a sus enemigos muy lejos de sus fronteras. Allí eliminan incontables – porque nadie se toma el trabajo de contarlos – enemigos de la paz, terroristas y similares, incurriendo costes mínimos en bajas de soldados profesionales; además, los combatientes humanos están siendo remplazados por “drones” o aviones teledirigidos; los daños “colaterales” – muertes de civiles, principalmente niños – son cada vez mayores.

No siempre les es fácil, a estos guerreros humanitarios, ponerse de acuerdo sobre cómo y quién debe gobernar las desafortunadas regiones que democratizan y pacifican; en contraste sí parece haber consenso sobre los derechos del ganador a beneficiarse económicamente (re)construyendo, comerciando y explotando los recursos naturales allíPor supuesto, las operaciones militares son altamente rentables, desde el inicio, para los fabricantes de armamento y proveedores de equipos y provisiones. 

Mientras tanto, en casa, se han desarrollado métodos policiales de vigilancia / intervención preventiva que mantienen bajo control, con poca violencia visible, a las masas de excluidos, ejércitos de pobres a los que se suman, a diario, miles de prófugos de devastadoras “intervenciones humanitarias”.

Este incómodo asunto se denomina “el problema de los refugiados y de la inmigración”; es un fenómeno que produce, contra toda razón y lógica, seres humanos “ilegales”: la imaginación autoritaria, tiene potestad para clasificar a ciertas personas como seres infrahumanos o indeseables.

Es difícil ignorar que para medir los flujos migratorios se está utilizando una aritmética “post-moderna” donde el orden de los factores sí afecta el producto; cuando se instalan empresas, trabajadores y soldados de los países ricos en los países pobres nunca hay problemas de “refugiados” ni de “inmigración”; solamente hay inversores, técnicos, cooperantes y militares en misiones de paz, evidentemente, perfectamente “legales.

La lógica perversa del poder requiere que sus sirvientes siempre lleven a cabo misiones altruistas, claramente fuera del alcance de un simple refugiado económico o político; poco importa que “invertir”, “cooperar”, “asesorar” y “pacificar” signifique despojar a campesinos indefensos de sus tierras, robarles a los pobres sus recursos naturales, bombardear poblaciones civiles o disparar contra todo lo que se mueve.

LA NECESIDAD DEL ACTIVISMO GLOBAL

La civilización judeocristiana lleva milenios cultivando el motivo estético del héroe guerrero. Estamos programados, culturalmente, para cazar gigantes, dragones, bruj@s y seres imaginarios diversos. No debería sorprendernos que las cacerías continúen; simplemente, los monstruos han cambiado de nombre. Tampoco es difícil entender que los líderes musulmanes del Oriente Medio quieran “cooperar con sus correligionarios y aliados del mismo modo que nosotros: facilitándoles armas y dinero en lugar de alimentos, médicos y educadores. 

La genial idea de fomentar la paz y la justicia con sangre y oro es tan antigua como la civilización. Lo insólito es que tras milenios de masacres y destrucción absurda de la naturaleza siga gozando de buena salud.

Sabemos perfectamente quiénes se benefician con el modelo dominante de “cooperación al desarrollo”  y tenemos claro que sin materias primas y mano de obra sumisa este sistema, que acabará haciendo inhabitable nuestro planeta (muy) pronto, no puede funcionar. La resistencia mundial comienza a configurarse.

Madrid  no es la única ciudad donde hemos salido a las calles millones de “anti-sistemas” a decir basta. De Wall Street a Hong Kong y de Seattle a Sydney, l@s ciudadan@s de todo mundo estamos conectados. El activismo global es tan real como el calentamiento global y la deslocalización (post)industrial.

Tal vez ha llegado el momento de invertir la fórmula del biólogo y urbanista escocés Patrick Geddes (1915) “piensa globalmente, actúa localmente”, que hicieron suya los ecologistas de los años ’70. En la era de la “deslocalización” las empresas tienen siempre planes “B” y “C” por si las cosas van mal; uno de los principales argumentos del capital para negociar a la baja los salarios y las medidas de protección medioambiental es la amenaza de llevarse sus fábricas y centros comerciales a otro lugar.

La única manera de impedir que los grandes capitales negocien fiscalidades regresivas (los que más tienen, pagan menos) y “licencias para matar” medio-ambientales es asegurarnos que no consigan las condiciones que buscan en ningún lugar del mundo.

Tomar el poder local o nacional puede (y debe) ser el comienzo una auténtica cooperación internacional en materia de respeto de los derechos humanos y del medio ambiente, a nivel mundial.

Comenta José Cereijo:

Respecto al artículo “Política Internacional, S. XXI”, pienso que peca de simplismo, de ver el mundo en términos de blanco / negro, de buenos y malos, y que las cosas son, efectivamente, más complejas. Citas por ejemplo lo ocurrido con los nazis y su política provocadora del Holocausto, como si fuera simplemente una parte más de esa especie de perversa planificación mundial. Quien te leyera y no tuviese otras noticias no podría imaginar que contra ellos y sus aliados hubiese una guerra que provocó millones de muertos, ya que se diría, por lo que cuentas, que los llamados Aliados y el Eje estaban en realidad en el mismo bando, y que los posibles enfrentamientos entre ellos, de haberlos, son pura apariencia. Como ése no parece históricamente el caso, el lector, pienso, echará de menos alguna alusión que le aclare cómo esos supuestos cooperadores para el beneficio y depredación de unos pocos pueden llegar a enfrentarse de manera tan sangrienta, ya que no me parece que lo que dices lo haga inteligible. Quizá pienses que, como dije, eso es sólo apariencia, y por debajo hay otras corrientes y motivos más decisivos; pero no lo explicas, o no de modo que yo pueda entenderlo; y me temo que la misma perplejidad la padecerán otros lectores.

Responde Andrés Unger:

Efectivamente, simplifico el conflicto ideológico que configuró la situación política bi-polar del mundo después de la Segunda Guerra Mundial (1938 -1945). Derrotado el corporativismo conductista o caudillista del Reino de Italia / República Social Italiana , Tercer Reich e Imperio del Japón, esa opción ideológica dejó de competir en política internacional, aunque sobreviviese muchos años más en algunos países, entre ellos España. Me interesa resaltar el hecho de que los enemigos de “Eje” o “Pacto de Acero” y de Japón, los llamados “Aliados” (URSS, USA, RU, Francia, Polonia y un largo etcétera), una vez derrotado el fascismo (efectivamente, gracias a millones de combatientes que dieron sus vidas) no tardaron en convertirse a su vez en enemigos. Concretamente, la URSS y los EEUU, Francia, Reino Unido (y muchos otros) iniciaron guerras de baja intensidad en las que fueron zonas coloniales (en caso de los EEUU, en todo el planeta, aplicando una versión ampliada de la doctrina Monroe que consideraba toda agresión contra un país anti-colonialista un atentado contra sus libertades), de modo que la política internacional se polarizó en torno a opciones ideológicas evidentemente diferentes: capitalismo y socialismo real o comunismo estatal. En la segunda mitad del S.XX hubo economías planificadas (sigue siéndolo la economía de la República Popular China) que explotaron a sus ciudadanos y acumularon capitales que utilizaban a su antojo clases dirigentes compuestas de jerarcas de un partido único y oficiales del ejército, y capitalismo oligopólico o de mercado supuestamente libre, en realidad secuestrado por unas pocas empresas multinacionales inmensamente poderosas. Vistas con medio siglo de perspectiva, son evidentemente variaciones del sistema capitalista, una de mercado, la otra de estado. Una aclaración: el artículo no toca el tema del holocausto (en giego oíos, todo, y kansto quemado ó abrasado, en hebreo “holah” que significa elevar, porque en él se quemaba y elevaba en honor de Dios toda la víctima hecha humo) o shoá (en hebreo, “devastación”), del exterminio sistemático de los judíos y de otras religiones y etnias como política de estado del Tercer Reich alemán.

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